Pérez de Montalban, Juan. La Monja alférez
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JORNADA PRIMERA
[GUZMÁN y MACHÍN de camino, doña ANA e INÉS con mantos]
ANA:
No puedo enfrenar el llanto.
GUZMÁN:
No lo hubiera yo emprendido,
mi bien si hubiera entendido
que tú lo sintieras tanto. Mas ya es hecho; tú, señora,
eres culpada, yo no,
pues que tu amor me ocultó
lo que me descubre ahora.
ANA:
El favor más limitado
de una principal mujer,
no basta para prender
la esperanza, y el cuidado. ¿Pude yo, siendo quien soy,
darte señales más claras
de mi amor? ¿Tú estimaras
los favores que te doy, si te entregase liviana
la posesión de mi pecho?
GUZMÁN:
Ya no hay remedio, ya es hecho,
mas alivie, mi doña Ana, si mi ausencia te lastima,
el mal que sintiendo estás,
ver que dos leguas no más
dista el Callao de Lima. Y no dará luz la aurora,
jamás al monte, ni prado
sin que a mí me la haya dado
ese sol que el alma adora. Así desmentir podré
la ausencia que te amenaza,
que supuesto que la plaza
yo de soldado asenté, y en el puerto he de asistir
las noches que estar de posta
no me toque, por la posta
a verte podré venir.
ANA:
Con eso no solamente
se alivian mis sentimientos,
mas es para mis tormentos
el medio más conveniente. Pues si de las ansias mías
la envidiosa diligencia
tuvo indicios, con tu ausencia
desmentimos las espías. Que ya sabes que el efecto
de poderte ver, y hablar,
solamente ha de durar
lo que durare el secreto. Y así de nuevo te pido,
que la palabra me des
de no romperlo, aunque estés
ya celoso, ya ofendido.
GUZMÁN:
Y de nuevo te prometo,
que no sepa mi cuidado
de mí, sino este crïado,
que es ejemplo del secreto.
MACHÍN:
No viene Machín de casta
que se pierde por hablar,
pues para saber callar,
soy vizcaíno, que basta.
ANA:
Pues, Alonso de Guzmán
hace de ti confïanza,
ésa es la mayor probanza
que tus méritos me dan. Y tú porque la ocasión
jamás pierdas de venir
a verme, sin que inferir
pueda nadie tu afición. Pues es la curiosidad
tan necia, que te podría
poner una oculta espía,
que al entrar en la ciudad te siguiese, y nuestro amor
viniera a saberse, quiero
que el caballo más ligero,
que de indiano picador, agitado excede al viento,
obedezca a tu cuidado,
porque el pedirlo prestado,
no dé indicios de tu intento. [Dale una cadena]
Del valor de esta cadena
puedes comprarlo y advierte,
que pues en verte o no verte
está mi gloria, o mi pena. No haya estorbo que resista
el efecto a mi deseo,
si cuánta hacienda poseo
me ha de costar una vista.
GUZMÁN:
¿Qué diligencia y cuidado
en servirte no pondrá
quien de tu favor está
por mil partes obligado? Esta cadena recibo
más que por sus eslabones
manifiesten las prisiones
en que enamorado vivo. Que por comprar el caballo,
que donde es tal el favor,
alas son los pies de amor
para volar a gozallo.
ANA:
Adiós, pues, que estoy temiendo
la asechanza cuidadosa
de alguna afición celosa.
GUZMÁN:
Aunque de oírlo me ofendo, trueco a tu opinión, señora,
los sentimientos más graves.
ANA:
No hay que advertirte, pues sabes
la seña, ventana, y hora. [Vase]
GUZMÁN:
¿Qué dices de mi ventura?
MACHÍN:
Que pasa gran tempestad
tu voto de castidad,
entre ocasión, y hermosura. Pero don Diego tu amigo
viene aquí.
GUZMÁN:
Mucho sintiera,
que a doña Ana conociera,
si ahora la vio conmigo. (Cuando mi pecho le estima, [Aparte]
de tal suerte que por dar
a sus temores lugar,
gusto de salir de Lima.) [Salen don DIEGO y TRISTÁN]
DIEGO:
Era ya tiempo de veros,
Guzmán amigo.
GUZMÁN:
El buscaros
pudiera escusar, si hallaros
ha de ser para perderos.
DIEGO:
¿Cómo?
GUZMÁN:
De Lima me ausento.
DIEGO:
¿Qué dices?
GUZMÁN:
Mi natural
inclinación es marcial,
y vivo en la paz violento, y al Rey me parto a servir
en el puerto.
DIEGO:
No me mueve,
ser la distancia tan breve,
a que deje de sentir la ausencia vuestra, Guzmán.
GUZMÁN:
Tantas veces volveré
a veros, cuántas me dé
licencia mi capitán.
DIEGO:
Porque podáis acordaros,
y por ser en la milicia
la gala de más codicia,
un penacho quiero daros excelente, cuyas plumas
en la fineza, y color,
unas son alas de amor,
y otras de Venus espumas.
GUZMÁN:
Yo lo estimo, porque veo
que en él, don Diego, me dais
las alas que imagináis
que en vuestra ausencia deseo. Mas, pues, me le dais por prenda
de memoria, aunque confía
de vuestra amistad la mía,
que el olvido no la ofenda, os quiero dar unos guantes
[Los guantes que GUZMÁN saque puestos sean bordados extraordinarios]
en la hechura, y el olor,
en la materia, y valor,
a los que veis semejantes.
Que cuando no por su extraña
novedad los estiméis,
hacerlo al menos podréis,
por ser hechos en España.
DIEGO:
De vos en todo excedido,
y obligado me confieso,
y por venceros en eso,
me quiero dar por vencido.
GUZMÁN:
Estos brazos os darán
la respuesta. Adiós, don Diego. [Abrázanse]
DIEGO:
Adiós, Tristán, lleva luego
aquel penacho a Guzmán.
GUZMÁN:
Siglos, Machín, considero
para partir los instantes,
lleva a don Diego los guantes,
que puesto a caballo espero. [Vase]
MACHÍN:
Yo lo haré, mas si supiera
que tú no habías de rompellos,
por Dios que te hubiera de ellos
cortado una bigotera. [Vase]
DIEGO:
¿Qué te detiene, Tristán?
TRISTÁN:
Sólo a decirte que vi
mientras hablabas aquí
con Alonso de Guzmán por esta esquina pasar
hacia la Iglesia mayor
a doña Ana.
DIEGO:
Dame, amor,
la ventura en alcanzar, como el cuidado en seguir.
TRISTÁN:
Todo se alcanza obligando.
DIEGO:
O he de vivir alcanzando,
o siguiendo he de morir. [Vanse. Sale MIGUEL de Arauso, abriendo una carta, de soldado en cuerpo, y va dentro de la carta un retrato. Carta. Sobrescrito. Lee]
MIGUEL:
Al Alférez Miguel de Arauso, mi hijo,
en el puerto del Callao en los Reinos del
Perú.
Hijo, valga por testamento
esta carta, pues me tiene a las puertas
de la muerte la afrenta que vuestra hermana
Catalina nos ha hecho ausentándose
ocultamente de San Sabastián. No os lo he
escrito antes aunque ha ya trece años, por
escusaros la pena. Mas ahora por haber
entendido que pasó a esos reinos en traje
de varón, por el deseo de su remedio,
atropelló vuestro sentimiento. Su retrato
es el incluso. Si la suerte o la diligencia
la hallare, noble sois, y cuerdo, y sabréis
lo que habéis de hacer. Dios os guarde. De
San Sebastián, a febrero 20 de 1618 años.
Vuestro padre el Capitán Miguel de Arauso. ¿Cómo es posible que haya yo leído
estos renglones sin haber perdido,
si no la vida el seso?
¡Que se arrojase a tan infame exceso,
mujer que nació noble, cielo santo!
Mas si nació mujer, ¿de qué me espanto?
O carta, que el veneno por los ojos
distes al alma en átomos despojos
de mi furor, al viento
informad de mi grave sentimiento.
[Rompe la carta]
No os pongan las crueldades de mi suerte
o mi vecina, ya forzosa muerte,
en ajeno poder, para que al suelo
sirváis en mi deshonra de libelo:
y tú, retrato, si también del dueño,
que representas por la semejanza
la fealdad, y engaño no te alcanza,
libra mi honor de tan infame empeño,
verdad me informa, porque conocerla
pueda por ti, si acaso llego a verla.
Mas en diverso traje, y las facciones
ya de los años, del calor, y el frío
mudadas, y en américas regiones,
que son tan dilatadas, desvarío
será el querer buscarla,
ni prometerme que podrán hallarla
cuidado, ingenio, o diligencia alguna.
Encomiéndolo al tiempo, y la fortuna. [Sale el ALFÉREZ el Nuevo Cid, GUZMÁN, MACHÍN y un SOLDADO]
ALFÉREZ:
Sepa, señor soldado,
que esta fuerza, es fuero ya asentado,
que paguen los bisoños la patente.
GUZMÁN:
Pues yo que no lo soy, no solamente
no tengo de pagarla,
mas de quien me la pida, he de cobrarla,
que soy Alonso de Guzmán.
MACHÍN:
¿Qué es esto?
ALFÉREZ:
Sabed, Miguel de Arauso, que el soldado
que miráis, más cerril que desbarbado
nos niega la patente.
GUZMÁN:
(¡O santo cielo!
Éste es mi hermano.) [Aparte]
ALFÉREZ:
Diga, ¿en qué se fía?
Más barba, amigo, y menos valentía;
sepa que a mí me llaman por mal nombre
el Nuevo Cid, y él es apenas hombre,
porque es razón que note,
que el vigor se deriva del bigote.
GUZMÁN:
Pues porque esté el vigor más en su centro
hecho yo los bigotes hacia dentro,
y basta.
MACHÍN:
(Aquí entro yo, que ya se enoja, [Aparte]
y está dos dedos de sacar la hoja.)
Señor, advierte, que ésta es ley que puso
el uso, y no es estafa lo que es uso. [MIGUEL mira asentamente a don Alonso de GUZMÁN]
ALFÉREZ:
Es cierto, que jamás la cortesía
militar permitió superchería.
GUZMÁN:
Por ese estilo sí mostrarles quiero
que estimo la opinión más que el dinero;
todos conmigo comerán mañana.
ALFÉREZ:
Con eso a todos por amigos gana.
SOLDADO:
Pues eso quédese así, y ahora un rato
al ocio le sirvamos este plato;
¿jugáis, Alonso de Guzmán? [El SOLDADO saca unos naipes]
GUZMÁN:
A todo;
pero más a los dados me acomodo.
ALFÉREZ:
sanse poco en la región indiana.
GUZMÁN:
¿A qué hemos de jugar?
ALFÉREZ:
¿No es cosa llana,
que en el Perú no saben los tahúres
otro juego mejor que los albures? [Juegan a los naipes sobre un bufete, y MIGUEL aparte mira atento a GUZMÁN]
MACHÍN:
Señor soldado, diga por su vida,
¿por acá los que ganan son ingratos?
¿Suelen vender muy caros los baratos?
SOLDADO:
Los soldados son gente muy partida.
MACHÍN:
Esos son los percances de un crïado,
que está a mirón perpetuo condenado.
MIGUEL:
(Dicen que al pastor, cuando ha perdido [Aparte]
alguna oveja, como está advertido
a buscarla no más, se le semeja
cualquiera voz balido de su oveja.
Que a mí con el cuidado,
que mi perdida hermana me ha causado,
cualquier joven que viere, en quien el sello
no ponga de la edad al rostro el vello,
he de pensar que es ella, y ya el deseo
comienza a ejecutarlo en el que veo,
pues no sólo en la voz, el rostro, y talle
me parece mujer; mas me parece
que las facciones, que su rostro ofrece
las del retrato son, quiero miralle
unas con otras partes confiriendo.
¿Mas qué locura acreditar pretendo?
Si es éste Alonso de Guzmán deshecha
no deja su valor cualquier sospecha.)
GUZMÁN:
(Si no es de mi temor esta advertencia, [Aparte]
suspenso, atento, cuidadoso, y mudo,
me contempla mi hermano, mas no pudo
aunque tenga noticia de mi historia,
conservar de mi rostro su memoria,
las especies después de tanta ausencia;
y más haciendo en mí tal diferencia
la edad, el traje, el brío, y el estado;
en vano me desvela este cuidado.)
MIGUEL:
(Si es ella, a recatarse ha de obligarla [Aparte]
el verme pensativo, descuidarla
disimulando importa, que ocasiones
me darán con el tiempo sus acciones,
yendo con advertencia,
con que de la sospecha haga evidencia.) [Llégase a jugar]
ALFÉREZ:
Mas al caballo cuatro patacones.
MIGUEL:
Conmigo van.
ALFÉREZ:
¡Qué presto vino el siete!
¿Que juegue yo a los naipes? Voto a Cristo.
MIGUEL:
So Alférez, ¿no me paga?
ALFÉREZ:
Estaba visto.
MIGUEL:
No estaba.
ALFÉREZ:
Yo lo digo,
y basta.
MIGUEL:
¿Pues conmigo
habla de esta manera?
SOLDADO:
No se espante,
que está perdiendo.
MIGUEL:
No ha de ser bastante
para que me hable a mí con arrogancia.
ALFÉREZ:
Aunque no pierda puedo yo tenerla,
porque yo soy.
MIGUEL:
Para conmigo nada.
ALFÉREZ:
Yo soy mejor que vos.
GUZMÁN:
Mentís, villano. [Dale con la daga en la cabeza GUZMÁN al ALFÉREZ; sacan todos las espadas]
ALFÉREZ:
La lengua he de cortaros, y la mano.
MIGUEL:
¿No tengo espada yo, Guzmán? ¿Qué es esto?
¿No veis que es agraviarme
vengarme vos, pudiendo yo vengarme?
GUZMÁN:
Hecha donde yo estoy la demasía,
siempre la tomo yo por cuenta mía.
MIGUEL:
Esto es hecho, allá va la vizcaína,
que nunca vuelve sin hacer cecina. [Sale el CASTELLANO en cuerpo con bastón]
CASTELLANO:
Ah, soldados.
SOLDADO:
Éste es el Castellano.
CASTELLANO:
Ténganse, o vive Dios.
ALFÉREZ:
Obedeceros
es fuerza.
CASTELLANO:
Envainen luego los aceros,
y cuéntenme qué es esto.
MIGUEL:
Ya no es nada,
sobre palabras desnudé la espada
con el alférez. [Hablan en secreto GUZMÁN y MACHÍN]
MACHÍN:
Buena la hemos hecho.
GUZMÁN:
No pude más, enfurecióme el pecho
la ofensa de mi hermano;
y de la sangre en ímpetu violento
me arrebató el primero movimiento.
CASTELLANO:
Siendo así, Nuevo Cid, dadle la mano
que con sacar la espada, habéis quedado
entrambos bien. [Danse las manos el ALFÉREZ y MIGUEL]
ALFÉREZ:
La mano os doy de amigo.
CASTELLANO:
También la habéis de dar a este soldado;
porque si cuando os ofendió, tenía
la daga ya en la mano, caso es llano,
que nadie a su enemigo
agravia con las armas en la mano.
[Dale la mano a GUZMÁN]
Y si hubo en ello alguna demasía,
eso es lo que ha de obrar mi tercería.
ALFÉREZ:
Vos lo mandáis, respondo obedeciendo,
que sois mi superior; (mas yo me entiendo; [Aparte]
que no estoy obligado
sientiéndome agraviado,
a guardar la amistad que he prometido.)
SOLDADO:
Alférez, ¿vais herido?
ALFÉREZ:
Pienso que no.
SOLDADO:
Debió de dar de llano
como un nabo le parte, si la mano
vuelve de filo; información ha hecho,
que es el lampiño, hombre de pelo en pecho. [Vase]
CASTELLANO:
Agradézcalo, soldado,
que del Virrey me vino encomendado,
que si no, yo le hiciera
con un trato de cuerda, que supiera
que no se ha de arrojar tan atrevido
a perder a un alférez el respeto,
que aunque no es oficial suyo, en efecto
por el puesto que ocupa le es debido.
Y vos, mancebo, que también inquieto
imitáis vuestro dueño, yo os prometo
si dais otra ocasión que os dé la pena
escarmiento colgado de una almena. [Vase]
MACHÍN:
Y lo hará, vive Dios, como lo dice,
que no es hombre de burla el Castellano.
¿Qué dices tú, señor?
GUZMÁN:
Que ya lo hice,
y que gustosa me quedó la mano
del coscorrón, que le asenté de llano;
pero la noche viene, y el dinero
de la cadena ha dado fin, y quiero
pedir otro socorro a mi doña Ana:
el caballo prevén, que la mañana
nos ha de hallar de vuelta en el castillo.
MACHÍN:
Yo voy a prevenillo
alegre, porque ver a Inés deseo,
y triste, porque veo
que me lleva en sus ancas tu caballo:
y es tal la matadura, y tanto el callo,
que tengo ya de sus trotonerías,
que pienso que le llevo yo en las mías. [Vanse]
MIGUEL:
Si ofrecen los afectos naturales
de la oculta verdad claras señales,
¿qué conjetura, o presunción más llana,
de que es ésta mi hermana,
que el repentino ardor, y ciega furia
con que dio fuego al golpe de mi injuria?
Del natural amor, y sentimiento,
fue aquel involuntario movimiento,
que con la lengua respondió, y la mano,
al soy mejor que vos, mentís villano;
más con otra experiencia
tengo de confirmar por evidencia
mi sospecha, y podré determinarme
sin declarar mi afrenta, a declararme. [Vase. Salen doña ANA e INÉS a la ventana]
ANA:
Ya no bastan las prisiones
de mi honor, y de mi fama,
a oprimir la ardiente llama
de mis resueltas pasiones. Y en esto por cosa llana
tengo, Inés, que ha de afrentarme,
mas en público casarme,
que en secreto ser liviana. Que si Alonso de Guzmán
es en Lima forastero,
a quien su brazo y acero
solamente nombre dan. Que su sangre, y nacimiento,
y su calidad se ignora,
cuando mis desdenes llora,
y aspira a mi casamiento, el noble don Diego en vano,
claro está que era buscar
mi afrenta pública, dar
de esposa a Guzmán la mano; y así pues muero de amor,
resuelvo comprar la vida
con prenda que no es perdida
mientras se oculta el error.
INÉS:
Tanto te he visto penar,
que vence de tu tormento
la piedad al sentimiento
de verte así despeñar. Y ya que a tan ciego efecto
llegas a determinarte,
confía que he de ayudarte
con lealtad, y con secreto.
ANA:
A lo mucho que te quiero
responde tu obligación.
INÉS:
Gente viene.
ANA:
El corazón
me dice que es el que espero. [Salen GUZMÁN y MACHÍN]
MACHÍN:
Válgate el diablo el rocín,
y lo que me ha batanado.
GUZMÁN:
Tú eres para enamorado
muy delicado, Machín. Pero ya es hora de ver
a mi querida doña Ana,
quiero hacer a la ventana
la seña.
ANA:
No es menester.
GUZMÁN:
¿Aquí estás, hermoso dueño?
Mi cuidado preveniste.
ANA:
El pecho, en que amor asiste,
da breve tributo al sueño.
GUZMÁN:
Tu desvelo ha adivinado
la necesidad que tengo
de abreviar puntos, que vengo
en confïanza obligado a que la Aurora ha de hablarme
en mi prisión.
ANA:
¿Estás preso?
GUZMÁN:
Hice, señora, un exceso,
que pienso que ha de costarme cuidado, y desasosiego,
y dinero.
MACHÍN:
(Disparó.) [Aparte]
ANA:
Cuánta hacienda tengo yo
tienes por tuya.
MACHÍN:
(Dio fuego.) [Aparte]
GUZMÁN:
Pienso que me has de obligar
a ser cobarde con eso,
si en haciendo yo el exceso,
tú, mi bien, lo has de pagar.
ANA:
Yo estoy, Guzmán, con temor
de que en la calle te vean,
que hay muchos que la pasean
desvelados de otro amor.
GUZMÁN:
¿Tan presto me despides?
ANA:
No despido, antes te pido
que no pongas en olvido
los favores que me pides.
GUZMÁN:
Mérito es la cobardía,
siendo tan alta la empresa.
ANA:
Sin méritos se confiesa,
quien amando desconfía. Y yo que conozco en ti
los que bastan a vencerme,
resuelvo que entres a verme
para confesarlo así. Y para que la ocasión
evite, que puedes dar
en la calle, de infamar
de liviana mi opinión.
GUZMÁN:
Favor tan no merecido
ya lo toco, y no lo creo,
que aun ocultando el deseo,
lo acusaba de atrevido. Sólo temo, hermoso dueño,
tu peligro en mi ventura.
ANA:
La obscuridad me asegura,
y a mi padre ocupa el sueño. Con silencio en paso lento
por tinieblas seguirás
mis plantas, y llegarás
sin peligro a mi aposento.
GUZMÁN:
Ya con la gloria que espero,
un punto a mil siglos pasa.
ANA:
Voy a disponer la casa,
que matar las luces quiero para más seguridad.
Aguárdame tú y Machín
a la puerta. [Vanse INÉS y doña ANA]
MACHÍN:
Aquí dio fin
el voto de castidad. Por Dios que he de ver ahora
si aguardas dispensación
a oscuras, y en la ocasión,
con quien amas, y te adora.
GUZMÁN:
¿Luego yo me he de poner
en el peligro?
MACHÍN:
Pues ya,
cuando la ocasión está
en tus manos, ¿qué has de hacer?
GUZMÁN:
El remedio es no aguardarla.
MACHÍN:
Es agravio declarado.
GUZMÁN:
Con lo mismo que has pensado
que la ofendo, he de obligarla.
MACHÍN:
¿Cómo?
GUZMÁN:
El secreto, y recato
es la primer condición,
que ha puesto a mi pretensión;
pues en este breve rato, que tarda en abrir diré
que vino gente a la calle,
y que yo por no arriesgalle
la opinión, me retiré, y que mostrando celosa
curiosidad me siguieron,
y alcanzándome quisieron
conocerme, y fue forzosa mi resistencia, y así
duró la marcial porfía
hasta que la luz del día
nos puso en paz y de aquí levantaré una pendencia
por celos, con que ni deje
ocasión de que se queje
doña Ana de aquesta ausencia, ni tenga por mal partido
poderme desenojar.
MACHÍN:
Gente viene allí.
GUZMÁN:
Ayudar
mis intentos han querido los cielos con la verdad;
ven.
MACHÍN:
Pues por ti pierdo a Inés,
de participantes es
tu voto de castidad. [Vanse. Salen don DIEGO y don JUAN de noche; don DIEGO saca los guantes de GUZMÁN]
JUAN:
Parece que se retiran
de la calle con cuidado,
pues recelos os han causado
sepamos por quién suspiran.
DIEGO:
Aunque intentemos seguirlos
es imposible alcanzarlos,
y pues los celos es darlos
mucho mejor que perderlos. Guardemos la puerte y calle
de doña Ana, y ellos vengan;
dado caso que lo tengan
por agravio averigualle. Pues de creer es que aspiran
si no vuelven a otro amor,
o he de quedar superior,
si ofendidos se retiran.
JUAN:
Bien decís.
DIEGO:
Don Juan, callad,
que la puerta de doña Ana
siento abrir.
JUAN:
No ha sido vana
vuestra sospecha. [Asómase doña ANA al paño, toma la mano a don DIEGO, y él a don JUAN y van por el teatro como a oscuras, don DIEGO se quita los guantes y los pone en la guarnición de la espada]
ANA:
Llegad, dadme la mano, y con tiento
seguid mis pasos los dos.
DIEGO:
(La que adoro es, vive Dios, [Aparte]
gozar la ocasión intento.)
JUAN:
(¡Notable engaño!) [Aparte]
DIEGO:
(¿Qué dudo? [Aparte]
Hoy tomo justa venganza,
y amor engañado alcanza,
lo que obligando no pudo.)
JUAN:
(La perdida ocasión es
[Aparte]
de los cobardes que huyeron,
y pienso, pues la perdieron,
llevar de barato a Inés.) [Vanse. Salen MIGUEL y TEODORA de ramera en chinelas]
TEODORA:
Como te digo engañada
me trae toda la vida,
si ha hecho voto o no ha hecho voto
y de la Apostólica silla
la relajación aguarda,
y dilatando los días,
trae mi deseo engañado,
mi libertad oprimida,
y en tu valor confïada,
que del rigor de su ira
me libres, siendo sagrado
de mi libertad cautiva.
MIGUEL:
Yo te lo ofrezco, no temas,
que estando por cuenta mía,
no se atreverá a ofenderte.
TEODORA:
Tú, Alférez, le notifica
mi intento, que el fin del caso
quiero aguardar escondida. [Vase]
MIGUEL:
¿Qué falta para que entienda
que es mi hermana Catalina,
este fingido Guzmán;
que un mozo a quien solicitan
la ocasión bella mujer,
y la edad más encendida?
Por el voto no es creíble
que a los impulsos resista
de los deleites de Venus;
y más cuando de su vida
en lo demás sus costumbres
de santo no lo acreditan.
Pues si con esto se junta
la natural simpatía
con que mi ofensa sintió,
si el retrato lo confirma,
si Teodora con no estar
de esta sospecha advertida,
dice que no sabe en qué
nuestros rostros simbolizan,
¿qué indicios más evidentes,
qué señales más precisas
para resolverme espero? [Salen GUZMÁN y MACHÍN]
GUZMÁN:
Pon al caballo la silla
mientras escribo a doña Ana
las ocasiones fingidas
de la que perdí esta noche.
MACHÍN:
Entre amores, y mentiras
toca el punto del dinero:
vende caras tus caricias,
ya que me obligas a ser
lanzadera de aquí a Lima. [Vase]
MIGUEL:
(Ya que a solas ha quedado, [Aparte]
pues la ocasión me convida,
saldré de esta confusión.)
Guzmán, a buscaros iba.
GUZMÁN:
¿Hay en qué os sirva?
MIGUEL:
El Alférez,
que agraviado se imagina,
dice que la mano dio
forzado de quien podía
mandarlo, y las amistades
en tal caso le obligan;
y para satisfacerse
dos a dos nos desafía,
y en el campo nos aguarda.
GUZMÁN:
En poco tiene la vida.
Vamos presto, no atribuya
la tardanza a cobardía.
MIGUEL:
Seguidme, que no están lejos.
(¿Cómo es posible que viva
[Aparte]
en un pecho mujeril
tan varonil osadía,
si cuantos espada empuñan
en la guerra, y paz afirman
que salir a un desafío
es la mayor valentía?
Mas si cuentan las historias,
ya modernas, y ya antiguas,
tantas matronas jamás
de humanas fuerzas vencidas,
¿que mucho que las iguale
una mujer vizcaína,
engendrada entre las duras
montañas, que el hierro crían?)
GUZMÁN:
¿Dónde están nuestros contrarios,
que largo trecho la vista
del campo raso descubre,
y no parecen.
MIGUEL:
Por dicha
no han llegado; el sitio es éste.
GUZMÁN:
(Recelos me solicitan
[Aparte]
de algún engañoso intento
de mi hermano, que la misma
conciencia, aunque nadie pudo
de quien soy darle noticia,
en la mayor confïanza
me acusa, y atemoriza.
Pero no he de declararme
aunque me cueste la vida.)
MIGUEL:
(Usar quiero de cautela,
[Aparte]
que si no es quien imagina
mi pecho, no me está bien
que sepa la afrenta mía.)
Cansado vengo de andar
por esta playa arenisca.
Asentémonos, pues tarda
el Nuevo Cid. [Siéntase MIGUEL a una parte del teatro y GUZMÁN a otra lejos de él]
GUZMÁN:
Poco estima
su opinión, pues tanto tarda.
MIGUEL:
(Con cuidado se retira
[Aparte]
de mí. Cierta es mi sospecha.
Su recelo la confirma.)
¿Por qué os asentáis tan lejos?
Que mientras vienen querría,
que vuestra patria, y discurso,
me contáis de vuestra vida.
GUZMÁN:
Desde aquí os lo contaré,
que esta peña me convida
con asiento acomodado.
MIGUEL:
El rüido, que en la orilla
del mar forma la resaca,
en la peñas combatidas,
nuestras voces desvanece,
y a hablar a gritos obliga
para entendernos; mas yo
quiero que esta cortesía
me debáis. [Levántase, va hacia GUZMÁN y GUZMÁN se levanta, y empuña la espada]
GUZMÁN:
Teneos, Alférez.
MIGUEL:
¿Qué hacéis, Guzmán?
GUZMÁN:
No prosigan
vuestros pies; no os acerquéis,
porque os quitaré la vida.
MIGUEL:
¿De mí os receláis?
GUZMÁN:
Si he hecho
en España, y en las Indias
mil excesos, mil injurias,
y agravios mil, ¿que os admira,
que me recele, de quien
no conozco si podría
tocaros en sangre alguna
persona de mí ofendida?
Y más cuando contra vos
esta sospecha acredita
del Nuevo Cid la tardanza.
¿Que sé yo, si como mira
los escrúpulos del duelo
tan curiosa la malicia
os ofendisteis de mí
cuando pensé que os servía,
vengando en él vuestra injuria;
pues en la pendencia misma
de este sentimiento distes
señales tan conocidas?
MIGUEL:
Guzmán, Guzmán, todas esas
son ficciones, que fabrica
para ocultar la verdad
vuestro pecho, que imagina
que la ignoro; hablemos claro.
Yo tengo cierta noticia
de vuestro mentido traje,
de Vizcaya me lo avisan
con señas, y con retratos,
que vuestro engaño averiguan;
aquí los truje, que quiero,
que entre los dos se decida
el remedio con secreto.
Poned en esto la mira,
sin perder tiempo en negar,
lo que a no ser tan precisas
las probanzas que lo muestran,
vuestros temores publican.
GUZMÁN:
Ni entiendo vuestros intentos,
ni alcanzo vuestros enigmas.
Mas pues las razones muestran,
que vuestro pecho delira,
quiero dejaros por loco. [Quiere irse, y detiénela]
MIGUEL:
Vuelve, vuelve, Catalina,
que no te he sacado aquí
para dejar indecisa
la cuestián, yo estoy resuelto
a que de esta playa misma,
sin plazo, ni dilaciones
en un convento de Lima
he de partir a encerrarte,
o he de quitarte la vida,
porque no hagas más afrenta
a la nación vizcaína.
GUZMÁN:
(Ya se declaró, perdone
[Aparte]
la sangre, que sólo estriba
en el acero el remedio.)
Sospecho que se os olvidan
las hazañas de este brazo,
pues con tan loca osadía
nombre de mujer me dais;
y si a provocarme a ira,
no bastara la violencia
que pretendéis, bastaría
sólo este agravio a obligarme
a que el fuerte acero esgrima. [Acuchíllanse]
Para mostraros que es hombre,
y más que hombre, quien fulmina
rayos, que espantan el cielo,
y que la tierra castigan.
MIGUEL:
Tente, tente, que me has muerto. [Cae herido]
GUZMÁN:
(Ay de mí, ya me lastima
[Aparte]
el amor de hermano.) Ponte
en mis hombros, y a esa ermita
te llevaré a confesar, [Cógele en hombros]
que el ser cristiano me obliga
a que con piadoso afecto
el remedio te perciba.
(Del alma; ojalá pudiera
[Aparte]
darle también a la vida.)
FIN DE LA PRIMERA JORNADA